viernes, 15 de octubre de 2010

Todos los días


El sol todavía no asoma. El colectivo dejó el asfalto y avanza, muy lentamente, por el barro que se acumula en los pozos de una calle angostada por las zanjas llenas de aguas servidas, con espumas blanqueadas por el jabón. Un poco más atrás, atravesando la vereda de tierra o escombro partido con una lechada de cemento, los alambrados estirados o unas tapias bajas, separan de la calle a unos jardines de verdes inexistentes que preceden a las casas bajas de viejos ladrillos sin revocar, maderas y chapas oxidadas. En la calle, bandas de perros sucios y de razas irreconocibles comen los restos que hurgan entre las pilas de basura que se eternizan en las esquinas. No es muy distinto el paisaje en las calles donde los perdidos restos de asfalto se intercalan con grandes baches que los vecinos rellenaron con tierra y escombros. Adentro del colectivo el ambiente no difiere de lo que sugieren los alrededores de la ciudad más grande del país. El coche no es antiguo, es viejo y, como tal, se tambalea al ritmo que le imponen los agujeros en el pavimento y que el conductor nada hace por evitar. Los asientos tienen las marcas del paso del tiempo en sus tapizados y en las tapas posteriores de los respaldos, algunas de las cuales están en parte desprendidas por falta de tornillos, una falta más atribuible al agitado camino que al posible ataque de los pasajeros, la mayoría de ellos tanto o más pobres que las zonas que el colectivo recorre. Las ventanillas tienen los vidrios desgarrados de sus marcos en algunos puntos, ayudando a que se filtre el frío de la mañana, aumentado por la imprecisión en el cierre de las puertas o la carencia de burletes, gastados por las inclemencias de la intemperie durante los años que prestaron sus servicios en otros recorridos más urbanos antes de llegar a este, en el tercer cinturón de la ciudad, de habitantes empobrecidos y de cotidianeidad desconocida por quienes se cruzarán con ellos en la ciudad. Albañiles, peones, obreros, personal de limpieza y de seguridad, son los habitantes de este segmento del Gran Buenos Aires. Sus vecinos pueden ser cartoneros o desocupados. Su pasión futbolera y sus gustos por grupos de música fácil que suena desde los celulares de los más jóvenes, están a la vista en sus mochilas, gorras, ropa que exhiben marcas que son económicamente inalcanzables para esta gente, excepto en estas versiones falsificadas en talleres tan clandestinos como en los que se fabrican los originales y donde la mano de obra esclava –socialmente emparentada con estos otros sobrevivientes- es explotada como si fuera lo más natural. La escolarización promedio no excede los seis años de cursada, más allá de que el Estado, en una actitud demagógica y propia de la ignorancia de las clases medias capitalinas respecto de la realidad que las rodea, haya dispuesto la obligatoriedad de doce años de asistencia para los alumnos, pero sin responsabilidad en la prestación por parte del sistema. La ilógica para esta gente se repite a cada paso y, si les juega en contra, es una constante en su vida.

Tras media hora de viaje incómodo, frío y ruidoso, el colectivo llega a la estación del ferrocarril. La estación es un andén despojado con un pequeño alero de pocos metros en su centro, frente a la boletería y abierto a todas las inclemencias del clima a todo lo largo de su construcción. Hace más o menos cinco minutos llegó el tren que en diez más emprenderá su recorrido que en una hora y veinte concluirá su trayecto a pocas cuadras del centro de la ciudad. La formación es de ocho vagones más antiguos que el colectivo que acaba de llegar a la estación, con la ventaja de que fue refaccionado y repintado en varias oportunidades en los últimos cuarenta o cincuenta años, arrastrados por una máquina diesel que sufrió el mismo tratamiento. Las puertas no son automáticas, su apertura y su cierre dependen del humor y la necesidad de los pasajeros y para acceder a ellas hay que subir dos escalones desde el andén, lo que dificulta el viaje a ancianos, niños y discapacitados; los asientos son demasiado duros para la extensión del itinerario y la temperatura interna depende de la apertura o cierre de las ventanillas. La gente sube y se va acomodando. Ocupan especialmente los asientos linderos a las ventanillas que, en su mayoría, no mirarán porque el paisaje es archiconocido y no tiene mayores atractivos, lo que invita a muchos a continuar el mal sueño que interrumpieron en sus hogares. Si bien el ferrocarril carece de las comodidades modernas, para la mayoría de sus usuarios tiene más confort que sus propios hogares y saben de la importancia del servicio que les presta, por lo que son cuidadosos en su uso, a pesar de algunos grupos de adolescentes que puedan rayar su pintura con mensajes de amor o reivindicativos de grupos de pertenencia o de las hinchadas que puedan ocuparlo, mayormente los fines de semana, y que movidos por el espíritu gregario y la suerte que hubiera corrido su equipo puedan reaccionar destruyendo algún asiento.

A la hora prevista en las tablas, el único empleado de la estación hace sonar un timbre, el maquinista acciona la bocina y el guarda toca el silbato, en ese orden. Entonces, se inicia el viaje. Los diez primeros minutos, que implican el tránsito entre la terminal y la primera estación, son dominados por un paisaje semiurbano e industrial, con algunas casas de madera y materiales de bajo costo, luego la zona dormitorio de la clase media baja, hasta que en la zona más cercana a la capital aparecerán autopistas, casas de los sectores más acomodados y los comercios. Finalmente, una vez adentro de la ciudad, serán las universidades, clubes, edificios, oficinas, los que bordeen las vías. Los que no duermen, leen las noticias deportivas, las policiales y de la televisión en algún diario barato o conversan con algún compañero de asiento, casi siempre un conocido. Las conversaciones giran en torno de temas personales, se mueven por ese pequeño mundo en el que habitan o, a lo sumo, versan sobre lo que ven en la televisión o en las canchas. Este limitado temario se amplia al ser multiplicado por la cantidad de viajeros, pero no por la aparición de otras cuestiones, y las versiones sobre cada asunto pueden ser incontables. La influencia de los medios de comunicación sobre esta población genera ideas que suenan extrañas en esas bocas cuando las exponen en sus diálogos. Cuando el viaje avanza, la demanda de transporte es mucho mayor que la oferta de lugares para hacerlo, por lo que la mayoría termina parada en los pasillos y frente a las puertas. La temperatura aumenta en el interior de los vagones, el mal humor y la incomodidad también. El espacio vital se reduce al mínimo. Los corrillos se generalizan, no por los aportes sino por la inevitable posibilidad de oír, por encima del ruido metálico del desplazamiento ferroviario, lo que otros dicen y responden. No es extraño escuchar de la aflicción que generó la preocupación de una señora de clase media acomodada en su empleada doméstica, en virtud de las cifras que maneja esta esposa de un empresario o profesional de cierto éxito. La empleada, en la conversación, asume el lugar de la empleadora y traslada a su vida aquella realidad. El tedio de la rutina hace que los temas sean tan atemporales que se repitan hasta llegar a explicar cómo se construyó la cocina de la casa que el relator ocupa desde hace más de veinte años. La interpretación de datos mal aprehendidos o las cotidianeidades no medidas en su gravedad también son unas de las constantes en estos diálogos. Alguna mujer le relataba a otra que la hija de su hija de 16 años había estado llorando y con fiebre durante el fin de semana, lo que les había generado cierto desasosiego, ante la posibilidad de que la criatura de pocos meses de vida tuviera gripe, pero la habían llevado a la salita y volvieron más tranquilas cuando la enfermera que la atendió les explicó que era una neumonía lo que afectaba a la bebé. En otro diálogo, una adolescente le enrostraba la desidia a su pareja, por haber preferido ir a jugar al fútbol y tomar cerveza a presentarse en tiempo ante el juzgado a cargo de su libertad condicional. Ninguno de estos comentarios asombra a los viajeros ya que son parte de su realidad. Los vendedores ambulantes y la mercadería que ofrecen son otro tema de admiración, no sólo por los precios o calidad, sino también por la forma en que las presentan. A estos se suman los limosneros. Algunas mujeres que piden por caridad seguidas todo el día por una carrada de chicos descalzos en cualquier época del año, se sentarán en uno de los últimos trenes de la noche para hablar por celular con su pareja, que estará volviendo en otro convoy con un carro lleno de cartones que comerciarán en algún revendedor cercano a su vivienda de los barrios cercanos a las estaciones más alejadas del recorrido. El viaje en hora pico del regreso es similar al de las primeras horas de la mañana, en especial por la carencia de comodidades. Pero pasada esa hora, la vuelta se hace más llevadera: la mayoría viajará sentada, algunos conversarán menos agitados que en el recorrido matutino; otros, en especial los estudiantes o empleados medios, irán leyendo y los más, dormirán. A estas incomodidades se suman los cotidianos accidentes debido a las escasas medidas de seguridad ofrecidas por la empresa de ferrocarril más que a la imprudencia de los usuarios o la impericia de algún empleado. Los pasajeros se quejan por los inconvenientes, pero la mayoría está más acostumbrada a recibir peores tratos en los otros momentos de su vida por lo que no se generan protestas importantes de quienes están acostumbrados a salir de sus casas antes de que aclare y regresar cuando la luna ya se ha elevado sobre el horizonte.