jueves, 30 de abril de 2009

Encerrados


Algunas explicaciones pueden no satisfacer a todos, pero hay que aceptar que existen. Es que, a partir de aceptar infinidad de puntos de vista, para todo hecho puede haber infinidad de explicaciones para cada hecho. El triunfo de un modelo globalizado mundial al hacer desaparecer la bipolaridad de las relaciones dominantes –aunque no la disputa norte-sur-, paradójicamente, generó la aparición de miriadas de posibles lecturas de la realidad, más allá de que indefectiblemente siempre terminen absorbidas y derrotadas por el unicato de la lectura hegemónica.

Es así que para la inseguridad, los medios de comunicación, la política, la economía, el dengue y la gripe porcina hay muchas formas de leerlas, pero finalmente va a ganar la del poder, obvio. Para la inseguridad tendremos jueces garantistas y pendejos maleducados; para los medios, censura oficial; para la política, desquiciados apocalípticos; para la economía, crisis por pésimas administraciones; el dengue, la mugre, y la gripe porcina, la falta de previsión.

Todos estos temas tienen un denominador común que es ocupar en los medios el lugar desde el que se infunde temor, pero además es el lugar del otro. Por eso no resulta extraño que un intendente, para terminar con la delincuencia construya un muro o que los adultos intenten que se encarcelen a los chicos; o que nunca se hable de supuestas libertades de expresión y no de empresas mediáticas; ni que se sinceren los proyectos políticos; o que ni se mencione la distribución del ingreso para resolver las cíclicas crisis, o para terminar con las enfermedades que siempre llegan desde otros países y que se tapan con barbijos.

La solución para los males cotidianos y el remedio para las enfermedades de la miseria es encerrarse o, mejor dicho, encerrar al otro. Quienes tienen el poder lo hacen de dos formas: en cárceles, manicomios, hospitales, institutos para menores, es decir por la vía coercitiva, o instándolos a sentir temor al mundo lo que los obliga a encerrarse en sus hogares: vuelve a triunfar el terror victoriano en la frase de cabecera que durante años aplicó un canal de la televisión porteña: “en casa”.

Con todos encerrados, todos aislados, todos ocultos a la sociedad, se pierde el espacio público, principal razón de ser de la democracia. Muerta el ágora, donde puede discutirse la cosa común, sólo resta inyectar en cada ex ciudadano la idea deseada por el poder: el vector son –obviamente- los medios que cumplen, entonces, las dos funciones atemorizar y relegar –encerrándolo- al pobre tipo y llenarle la cabeza de ideas convenciéndolo de que le son propias e inteligentes.

Llegamos –por fin- al individuo, así individual, no social, al sujeto, literalmente sujetado a un modelo que le impusieron y que aceptó de manera acrítica. Ese individuo sujeto temeroso no puede ser solidario, sólo se mira el ombligo, se aísla en la TV o en Internet, discrimina, es oportunista, ventajero y, adocenado por ese sistema que le resulta cómodo, tampoco puede rebelarse. Una maravilla de tipo torneado por la revolución mediática.